Una cicatriz en caída vertical me atraviesa el ojo derecho, justo por encima de la ceja. Esto genera desconfianza en casi cualquier lugar al que llego. Causo mala impresión a primera, segunda y tercera vista. Me imaginan violento, paria y deshonesto. Acaso tengan razón.
Tengo poco cuidado en la decoración y diseño del peinado. Uso el cabello largo, casi nunca lo recorto. A veces me abandono y dejo la barba, y que me la hagan, arrogante debilidad que no trato de ocultar; o sólo el bigote y un puñado de vellitos bajo el labio, o las patillas largas hasta cambiar la orientación de las líneas de la cara. En suma, un peludo camaleónico.
Tengo la nariz partida en dos lugares. La primera, por imbécil (caí a los ocho años, desde una torre de sillas, sobre el filo de una mesa); la segunda, por más imbécil todavía: no supe reconocer límites y me lié a golpes con un compañero de escuela que tuvo la mala ocurrencia de burlarse del yeso en mi nariz, rota en la estúpida caída, apenas una semana antes. Aún me duele la pedrada. Sigo sin comprender mis restricciones físicas y me rompo la cara de a tiro por viaje. Ya imaginarán que mis adversarios no me han dejado precisamente lindo.
Con todo, a mis veintiocho años, he tenido suerte con chicas y no tan chicas. Supongo que les he gustado por mis gestos y apariencia de malo, siempre cultivados con más entusiasmo que talento. Una mujer que conocí apenas bien, expresó de mí: “Pensé que era más malvado. Impetuoso. Pero es un tierno el pobrecito”. Qué podía decir. Las apariencias no fueron nunca más engañosas. Y bueno, no fue mi mejor noche, sin duda.
Para terminar, y no, diré que tengo pésimo gusto en el vestir; soy malversionista e incumplido. Doy terrible impresión en los camiones y pierdo la cartera casi siempre. No soporto que ninguna pague la cuenta en el bar, aunque siempre terminan haciéndolo. Lloro porque sí, como idiota adolescente, por cualquier cosa, y no tolero que digan de un poema: “está bonito”. Soy un ganador francamente inexperto, si saben comprender. No digo más. Salud, excepto.
"El peligro, si existía, residía en la proximidad de una gran pasión humana desencadenada... Hasta el dolor más agudo puede al fin expresarse en violencia". Joseph Conrad.
jueves, agosto 17, 2006
La visita más deseada
Elizabeth venía a casa en noches como ésta.
Jamás avisó nada.
Ni un recado, una llamada por teléfono, cualquier cosa.
Aparecía y punto.
Y yo la amaba por eso.
Porque me rescataba de la noche,
de aquella angustia de esperar que algo aconteciera;
del alcohol y su interminable fila de horas que no sueñan
ni duermen ni perdonan ni extravían.
Y del hambre, también, alguna vez.
Por eso nada más amaba a Elizabeth algunas noches.
Entraba en mi cama con la misma naturalidad
de quien pide un cenicero y dos cervezas en un bar.
Se montaba en mi cara.
Me mojaba completo, a punto de ahogarme entre sus muslos.
Deshacía la muerte y la vida completas
en cuatro movimientos de cadera,
y me obligaba luego a ir por un pastel
a esa tienda que abre toda la noche
y queda a veinte cuadras de mi casa.
Me matabas, Elizabeth. Y no te dabas cuenta.
Y por eso yo te amaba.
Porque te convertías en Cleopatra, Bovarie y Salomé...
Te volvías igniscente; ardías en dos segundos
–yo tu pabilo y tú mi guía–
y luego te ibas sin decir adiós ni cuándo tornarías.
Me dabas nada más que un beso y decías,
a medias disfrazando una sonrisa:
“Adiós. Nos veremos algún día. Pero no sé cuál.”
Cómo no amarte Elizabeth.
Cómo podría ser ingrato contigo,
si la mañana que me desahuciaste de una vez y para siempre de tu vida,
olvidaste un par de medias negras a propósito;
cocinaste dos estrellas enlunadas,
como te gustaba llamarle a dos simples huevos estrellados,
y pediste que me olvidara de olvidarte.
Es cierto: de tus juegos nunca aprendí nada.
Y hasta donde tengo noticias,
he cumplido con mi parte, Elizabeth.
Pero tú, lo mismo, no volviste.
Ni de broma.
Jamás avisó nada.
Ni un recado, una llamada por teléfono, cualquier cosa.
Aparecía y punto.
Y yo la amaba por eso.
Porque me rescataba de la noche,
de aquella angustia de esperar que algo aconteciera;
del alcohol y su interminable fila de horas que no sueñan
ni duermen ni perdonan ni extravían.
Y del hambre, también, alguna vez.
Por eso nada más amaba a Elizabeth algunas noches.
Entraba en mi cama con la misma naturalidad
de quien pide un cenicero y dos cervezas en un bar.
Se montaba en mi cara.
Me mojaba completo, a punto de ahogarme entre sus muslos.
Deshacía la muerte y la vida completas
en cuatro movimientos de cadera,
y me obligaba luego a ir por un pastel
a esa tienda que abre toda la noche
y queda a veinte cuadras de mi casa.
Me matabas, Elizabeth. Y no te dabas cuenta.
Y por eso yo te amaba.
Porque te convertías en Cleopatra, Bovarie y Salomé...
Te volvías igniscente; ardías en dos segundos
–yo tu pabilo y tú mi guía–
y luego te ibas sin decir adiós ni cuándo tornarías.
Me dabas nada más que un beso y decías,
a medias disfrazando una sonrisa:
“Adiós. Nos veremos algún día. Pero no sé cuál.”
Cómo no amarte Elizabeth.
Cómo podría ser ingrato contigo,
si la mañana que me desahuciaste de una vez y para siempre de tu vida,
olvidaste un par de medias negras a propósito;
cocinaste dos estrellas enlunadas,
como te gustaba llamarle a dos simples huevos estrellados,
y pediste que me olvidara de olvidarte.
Es cierto: de tus juegos nunca aprendí nada.
Y hasta donde tengo noticias,
he cumplido con mi parte, Elizabeth.
Pero tú, lo mismo, no volviste.
Ni de broma.
martes, agosto 08, 2006
Último round
“Eran tus caprichos de luchador derrotado, era tu burlona mirada,eran los espacios ocultos donde no cesabas de cicatrizar,en cualquiera de aquellas escenas donde estabas a punto de cerrar la puerta a tus espaldas, anulándolo todo;con el rostro magullado por los golpes y por las patadas, buscando tú también aquel Halcón Maltés en el que nunca creíste, porque tal vez era de mala suerte para encontrarlo creer en él,o porque quizá la esperanza te habría conducido más rápidamente a esa derrota que, pese a todo, nunca esperaste.”
El principio
Vino el delirio y se metió en mis puños. Estaba dormido. No supe cómo ni por qué, pero de golpe adiviné el juego.De momento, lo siguiente que recuerdo es a un tipo grande, poco hábil, trágico y moreno: yo mismo acaso; mis manos ya absurdas desde entonces; burdo egocentrismo acometido entre ruidos y tinieblas de pasado; manchón obsceno en el espejo, harto, aburrido, sordo.Soy yo: Alberto. 17 años. No cartilla. No credencial. No pasaporte. Fregado transeúnte monolingüe. Apenas un muchacho trepado en mitad del ring merodeando las vendimias de la rabia, a la izquierda de un febril argumento parecido al desencanto; los guantes puestos; los inútiles brazos mal vendados; un modesto ramito de albas torpes y embusteras... Y enseguida el campanazo, el cabrón caraemalo que viene hacia mí tan campante, tan infame y veloz como el abucheo, la porquería, el insulto de la gente borracha tras las dos, perdón, cinco, no, diez mil angustiosas cuerdas rojas, acorralando un cansancio adolescente que rebotaba entre las cuatro esquinas: perseguido fetiche predilecto de la esponja, arrumbado ahora en una esquina.No sé qué hacer, y es lo único claro que logro resolver bajo los párpados hinchados, el labio roto, los inútiles afanes de mantener qué guardia en alto. Pero el segundo round, la vanidad, el golpe de nuevo estrellado en plena frente, el oprobio y la rechifla, me dictan una sola, pueril, apurada consigna: «Este joputa lo quiso: Ya te jodiste, boxeador de mierda».Voy al frente intentando rendir a ciegas una patria dolorosa. Me hundo en el miedo, el estupor, la rabia, un amasijo de maltrechas emociones que pugnan por seguir golpeando frente al vendaval de croses, jabs, uppercutes, el gancho, me cerró, derechazo en la mandíbula, qué lona más dura... Y enseguida el conteo: uno, dos, tres cuatro, cinco, ¡maaaaaambo!Me levanto, pese a todo. Y comprendí el mensaje: me pongo a la altura o me rompes la cara, malnacido. Ahora ya conozco el juego. No me engañas más. Pero no es cierto: tu velocidad me traiciona y sorprende una y otra y otra vez. Mi cara es un volcán a punto del derrame sangriento, y es nada más que el principio. Este tipo nunca se equivoca, alcanzo a pensar, mientras intento atrincherarme a un paso tras los guantes, en un burdo simulacro de aparentar que comprendo de sobra lo que es una guardia. El último que recibo es un golpe indudable de tirano iluminado. El corazón me da un vuelco y un rodeo: Pienso en Nina, en otro tiempo aún por llegar, otra ciudad, otra venganza no jurada que, pese a todo, habrá de cumplirse más tarde. Pero esto no ha ocurrido aún, ¿o sí? Y yo no pienso en nada, porque de nuevo el dolor increíble en la frente... astillas, trozos de vidrio que brotan del suelo para clavarse en mi cabeza... ¡Un! ¡Dos! ¡Tres! ... Nina... ¿dónde fue?... y el infinito conteo... ¿A qué derrumbe perteneces? Porque ahora soy un falso luchador caído y...Tal vez sueño y es posible que sea todo esto nada más que un invento. No hay boxeador ni público ni ring. Nada de esto pudo pasar nunca y todo es falso. Tendría que serlo. Y entonces, ¿por qué recuerdo tu piel blanquísima, Nina, invocando no sé qué oscuridad que amenaza dispersarme, convertirme en trozos pequeñitos de materia molida, masticada, engullida, defecada? ¿Por qué, Nina? ¿Qué te hice? Y sin embargo, yo también tuve mi parte en el asunto, ¿pero dónde? (¡Cuatro! ¡Cinco!)... Venías a mí. Era de noche. Sabemos bien de qué se trata; para qué engañarnos. No es cierto, sólo tú supiste, porque sólo tú pudiste inventar tanta… Yo, en cambio... ¡Por favor, Alberto, nadie te pidió nunca nada! ¡No seas tan imbécil! No, tú nunca pediste nada, te lo concedo. Pero alguna vez te importó que... ¡Estás borracho! La discusión no es si estoy o no borracho. Muy bien. ¿Y qué quieres? Tú lo sabes. ¡Para qué! ¡Qué pasará después! No lo sé. ¿No lo sabes? No, por supuesto. Se trataba de... No sabes nada. De acuerdo. Pero hace un rato lo sabía, y tú también. Estás pendejo. No, creo que no... Y luego el ruido fracturado de un espejo detrás tuyo. ¿Es cierto? ¿Fui yo? Porque quizá podría ser otra clase de ruido, algo como... ¡Ocho! Sí, estoy bien, réferi. Sí, ya te dije que son tres, ¡no!, espera, ¡cinco! ¡No! ¡Cuatro dedos! (está bien, carajo, no sé cuántos). Sí, seguro. Muy bien, sí. (Déjame en paz).Alberto, 17 años, encendido por el brillo del diablo; cuatro esquinas que me acechan en el justo centro de un mundo que no existe. Desconozco si alguna vez terminó aquello, si alguna vez bajé del ring, pero de momento resistí tus embestidas, boxeador. ¡Esto no se acaba hasta que la gorda cante! Y doy uno, diez, veinte, cuatrocientos golpes. Los anulas todos y sonríes, canalla. Crees que vas a ganar, pero no es cierto, Monstrito, Demonio, Gigante, Goliat, Arcángel, Inaudito Boxeador de Mierda. ¿No puedes ver que soy yo el héroe y es inútil que golpees? Soy un monumento al escarnio, al dolor, a tu mentira. Mírame, aún no me haces nada. Soy inquebrantable. Qué importa que ahora otra vez esté cayendo. Sí, tú también, cuenta, cuenta ahora que puedes, réferi traidor. Porque cuando me levante...(Lloras lloras lloras. De verdad lloras. Y yo dudo. ¿Qué significa ese llanto? Nina, perdóname, te digo. No es nada; sólo una astilla bajo el pie. Es sólo que el maldito espejo... Pero no dices nada y sigues llorando. Te encierras en el baño. Elena y Bertha despiertan y salen de sus cuartos. ¿Qué pasó? No respondo, porque de pronto sobreviene un temblor alcohólico que intento contener, pero no puedo; me recorre el cuerpo y lo revienta, pura dinamita o carga eléctrica de angustia y desesperación atrapada, desahuciada, en el callejón más miserable de mi amor. Y enseguida la explosión. ¡Al Diablo!, alcanzo a decir de modo ridículo antes que todo por fin se venga abajo. Y ya hace un año de aquello, Nina. ¿Supiste por qué? ¿Siquiera tienes una idea? Yo sí, y sería inútil venir a decirlo aquí y ahora. Lo mismo robé el saco de pastillas del armario; y entonces también corrí, aunque no había adónde, porque nunca ha habido tierra suficiente para esconder esas heridas que debemos aun desde antes de infligirlas, las únicas que de verdad duelen. (¿Y ahora? ¿Lo sabes ahora?) Estoy cerrando una puerta detrás mío; mastico medicinas; las aliento a bajar con medio litro de Mezcal Magueyito. Entra Bertha; la amenazo; pongo la peor cara de no te acerques que conozco; me arrebata de un tirón la bolsa de medicamentos. Ya no importa. Me tiendo en el colchón y espero, no sé bien qué, y más bien sí sé y me da vergüenza, y continúo esperando con vulgar torpeza de suicida imbécil, justo cuando el tiempo para esperar que pase cualquier cosa ha vuelto a su lugar y se ha hecho polvo.(Nina. Si pudiera volver a entonces... Pero no hay tiempo. Porque esto no sucedió nunca y es probable que tú tampoco existas).Y ahora, cuando el referí está cantando el ¡siete!, me yergo de nuevo sobre mí, cada vez más sangriento, más imposible, más fuerte, más violento y boxeador que tú, boxeador. ¿Ahora lo comprendes? Veo que no, porque otra vez caminas hacia mí y pareces aún furioso. Pero yo también te entiendo ahora, viejo. No creas que no. Has venido a vengarte, a reintegrar tu propio rencor, siempre mal pagado, siempre desecho, bajo la opresión aérea de los cuatro reflectores sobre el ring y el extraño bautismo espectador allá abajo, en las butacas. Tú también estás jodido y, hay que decirlo, eso tampoco importa mucho. Y, sin embargo, no has ganado. Aún estoy de pie. Once veces lograste que cayera antes que pudieras inventar a éste que de una vez y para siempre seré frente ti. Tú, mi creador.Pero no cantes victoria. Es el último round. Ambos sabemos que no hay redención posible en este cruento juego de la suerte empeñada en la derrota, en cualquier burdel de feria, cualquier tiniebla o quimera circense. El castigo vino pronto. La hora del perdón nunca llegó. Estamos hundidos, viejo. Hasta la mierda.Y ahora, a levantarnos cada cual de las esquinas. Ya nos toca. Se han cumplido doce campanadas; la última está sonando ahora.Dios y el Diablo te reciban en sus hornos. Ahí nos vemos, púgil. Va por ti.
José Carlos Becerra, El Halcón Maltés.
El principio
Vino el delirio y se metió en mis puños. Estaba dormido. No supe cómo ni por qué, pero de golpe adiviné el juego.De momento, lo siguiente que recuerdo es a un tipo grande, poco hábil, trágico y moreno: yo mismo acaso; mis manos ya absurdas desde entonces; burdo egocentrismo acometido entre ruidos y tinieblas de pasado; manchón obsceno en el espejo, harto, aburrido, sordo.Soy yo: Alberto. 17 años. No cartilla. No credencial. No pasaporte. Fregado transeúnte monolingüe. Apenas un muchacho trepado en mitad del ring merodeando las vendimias de la rabia, a la izquierda de un febril argumento parecido al desencanto; los guantes puestos; los inútiles brazos mal vendados; un modesto ramito de albas torpes y embusteras... Y enseguida el campanazo, el cabrón caraemalo que viene hacia mí tan campante, tan infame y veloz como el abucheo, la porquería, el insulto de la gente borracha tras las dos, perdón, cinco, no, diez mil angustiosas cuerdas rojas, acorralando un cansancio adolescente que rebotaba entre las cuatro esquinas: perseguido fetiche predilecto de la esponja, arrumbado ahora en una esquina.No sé qué hacer, y es lo único claro que logro resolver bajo los párpados hinchados, el labio roto, los inútiles afanes de mantener qué guardia en alto. Pero el segundo round, la vanidad, el golpe de nuevo estrellado en plena frente, el oprobio y la rechifla, me dictan una sola, pueril, apurada consigna: «Este joputa lo quiso: Ya te jodiste, boxeador de mierda».Voy al frente intentando rendir a ciegas una patria dolorosa. Me hundo en el miedo, el estupor, la rabia, un amasijo de maltrechas emociones que pugnan por seguir golpeando frente al vendaval de croses, jabs, uppercutes, el gancho, me cerró, derechazo en la mandíbula, qué lona más dura... Y enseguida el conteo: uno, dos, tres cuatro, cinco, ¡maaaaaambo!Me levanto, pese a todo. Y comprendí el mensaje: me pongo a la altura o me rompes la cara, malnacido. Ahora ya conozco el juego. No me engañas más. Pero no es cierto: tu velocidad me traiciona y sorprende una y otra y otra vez. Mi cara es un volcán a punto del derrame sangriento, y es nada más que el principio. Este tipo nunca se equivoca, alcanzo a pensar, mientras intento atrincherarme a un paso tras los guantes, en un burdo simulacro de aparentar que comprendo de sobra lo que es una guardia. El último que recibo es un golpe indudable de tirano iluminado. El corazón me da un vuelco y un rodeo: Pienso en Nina, en otro tiempo aún por llegar, otra ciudad, otra venganza no jurada que, pese a todo, habrá de cumplirse más tarde. Pero esto no ha ocurrido aún, ¿o sí? Y yo no pienso en nada, porque de nuevo el dolor increíble en la frente... astillas, trozos de vidrio que brotan del suelo para clavarse en mi cabeza... ¡Un! ¡Dos! ¡Tres! ... Nina... ¿dónde fue?... y el infinito conteo... ¿A qué derrumbe perteneces? Porque ahora soy un falso luchador caído y...Tal vez sueño y es posible que sea todo esto nada más que un invento. No hay boxeador ni público ni ring. Nada de esto pudo pasar nunca y todo es falso. Tendría que serlo. Y entonces, ¿por qué recuerdo tu piel blanquísima, Nina, invocando no sé qué oscuridad que amenaza dispersarme, convertirme en trozos pequeñitos de materia molida, masticada, engullida, defecada? ¿Por qué, Nina? ¿Qué te hice? Y sin embargo, yo también tuve mi parte en el asunto, ¿pero dónde? (¡Cuatro! ¡Cinco!)... Venías a mí. Era de noche. Sabemos bien de qué se trata; para qué engañarnos. No es cierto, sólo tú supiste, porque sólo tú pudiste inventar tanta… Yo, en cambio... ¡Por favor, Alberto, nadie te pidió nunca nada! ¡No seas tan imbécil! No, tú nunca pediste nada, te lo concedo. Pero alguna vez te importó que... ¡Estás borracho! La discusión no es si estoy o no borracho. Muy bien. ¿Y qué quieres? Tú lo sabes. ¡Para qué! ¡Qué pasará después! No lo sé. ¿No lo sabes? No, por supuesto. Se trataba de... No sabes nada. De acuerdo. Pero hace un rato lo sabía, y tú también. Estás pendejo. No, creo que no... Y luego el ruido fracturado de un espejo detrás tuyo. ¿Es cierto? ¿Fui yo? Porque quizá podría ser otra clase de ruido, algo como... ¡Ocho! Sí, estoy bien, réferi. Sí, ya te dije que son tres, ¡no!, espera, ¡cinco! ¡No! ¡Cuatro dedos! (está bien, carajo, no sé cuántos). Sí, seguro. Muy bien, sí. (Déjame en paz).Alberto, 17 años, encendido por el brillo del diablo; cuatro esquinas que me acechan en el justo centro de un mundo que no existe. Desconozco si alguna vez terminó aquello, si alguna vez bajé del ring, pero de momento resistí tus embestidas, boxeador. ¡Esto no se acaba hasta que la gorda cante! Y doy uno, diez, veinte, cuatrocientos golpes. Los anulas todos y sonríes, canalla. Crees que vas a ganar, pero no es cierto, Monstrito, Demonio, Gigante, Goliat, Arcángel, Inaudito Boxeador de Mierda. ¿No puedes ver que soy yo el héroe y es inútil que golpees? Soy un monumento al escarnio, al dolor, a tu mentira. Mírame, aún no me haces nada. Soy inquebrantable. Qué importa que ahora otra vez esté cayendo. Sí, tú también, cuenta, cuenta ahora que puedes, réferi traidor. Porque cuando me levante...(Lloras lloras lloras. De verdad lloras. Y yo dudo. ¿Qué significa ese llanto? Nina, perdóname, te digo. No es nada; sólo una astilla bajo el pie. Es sólo que el maldito espejo... Pero no dices nada y sigues llorando. Te encierras en el baño. Elena y Bertha despiertan y salen de sus cuartos. ¿Qué pasó? No respondo, porque de pronto sobreviene un temblor alcohólico que intento contener, pero no puedo; me recorre el cuerpo y lo revienta, pura dinamita o carga eléctrica de angustia y desesperación atrapada, desahuciada, en el callejón más miserable de mi amor. Y enseguida la explosión. ¡Al Diablo!, alcanzo a decir de modo ridículo antes que todo por fin se venga abajo. Y ya hace un año de aquello, Nina. ¿Supiste por qué? ¿Siquiera tienes una idea? Yo sí, y sería inútil venir a decirlo aquí y ahora. Lo mismo robé el saco de pastillas del armario; y entonces también corrí, aunque no había adónde, porque nunca ha habido tierra suficiente para esconder esas heridas que debemos aun desde antes de infligirlas, las únicas que de verdad duelen. (¿Y ahora? ¿Lo sabes ahora?) Estoy cerrando una puerta detrás mío; mastico medicinas; las aliento a bajar con medio litro de Mezcal Magueyito. Entra Bertha; la amenazo; pongo la peor cara de no te acerques que conozco; me arrebata de un tirón la bolsa de medicamentos. Ya no importa. Me tiendo en el colchón y espero, no sé bien qué, y más bien sí sé y me da vergüenza, y continúo esperando con vulgar torpeza de suicida imbécil, justo cuando el tiempo para esperar que pase cualquier cosa ha vuelto a su lugar y se ha hecho polvo.(Nina. Si pudiera volver a entonces... Pero no hay tiempo. Porque esto no sucedió nunca y es probable que tú tampoco existas).Y ahora, cuando el referí está cantando el ¡siete!, me yergo de nuevo sobre mí, cada vez más sangriento, más imposible, más fuerte, más violento y boxeador que tú, boxeador. ¿Ahora lo comprendes? Veo que no, porque otra vez caminas hacia mí y pareces aún furioso. Pero yo también te entiendo ahora, viejo. No creas que no. Has venido a vengarte, a reintegrar tu propio rencor, siempre mal pagado, siempre desecho, bajo la opresión aérea de los cuatro reflectores sobre el ring y el extraño bautismo espectador allá abajo, en las butacas. Tú también estás jodido y, hay que decirlo, eso tampoco importa mucho. Y, sin embargo, no has ganado. Aún estoy de pie. Once veces lograste que cayera antes que pudieras inventar a éste que de una vez y para siempre seré frente ti. Tú, mi creador.Pero no cantes victoria. Es el último round. Ambos sabemos que no hay redención posible en este cruento juego de la suerte empeñada en la derrota, en cualquier burdel de feria, cualquier tiniebla o quimera circense. El castigo vino pronto. La hora del perdón nunca llegó. Estamos hundidos, viejo. Hasta la mierda.Y ahora, a levantarnos cada cual de las esquinas. Ya nos toca. Se han cumplido doce campanadas; la última está sonando ahora.Dios y el Diablo te reciban en sus hornos. Ahí nos vemos, púgil. Va por ti.
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